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Empínate y alza, Madre de la Patria.

Escultura de Mariana Grajales en Cementerio Santa Ifigenia

“La historia de Cuba necesita de nuevos cultos”, afirmaba el historiador de la ciudad de La Habana, Eusebio Leal Spengler la mañana del 10 de octubre de 2017, cuando la historia se daba cita en Santa Ifigenia para homenajear el pasado y preservar el futuro.

No pudo la patria refrenar el deseo de congregar a sus hijos, e incluso a sus padres, en una mítica reunión que fue más que culto, oficio y deber. Urgía el rescate de los próceres de la Patria, urgía la sagrada inmortalización de los que llevaron sobre sus hombros el porvenir de una Revolución tan alta como las estrellas.

Cuba lloró, sangró, sufrió como una al momento de despedir a nuestro eterno Comandante. El consuelo de anticipar su descanso definitivo junto al Apóstol, junto al más grande de todos los cubanos, se convirtió en bálsamo y escudo para sentirnos capaces de continuar su legado. Mas algo se echaba en menos junto a Martí y Fidel, como si el futuro estuviese aún incompleto.

Entonces recordamos, entre suspiros y certezas de los pasajes aprendidos de memoria, a aquellos que en gesto simbólico y altruista, abonaron el camino para la liberación definitiva. Llegó entonces Céspedes con su adarga de caballero andante, con su sabiduría de masón, y su temple de terrateniente, con sus ideales de igualdad y fraternidad para unirse a Martí y Fidel, esgrimiendo  su eterna condición de Padre de la Patria.

Luego nos asaltó la súbita inquietud como una plegaria al tiempo… ¿Y dónde queda la Madre de la Patria?

De Mariana parecía que todo estaba dicho. ¿Acaso queda algún cubano que desconozca su desafío a los prejuicios de una época que intentaba relegarla por su condición de mulata y mujer? La inspiración nos iluminó de golpe, cuando decidimos asignarle su merecido lugar en el Olimpo de los Héroes.

La inmensa tarea de inmortalizar a la mujer que se empinó sobre la muerte de los hijos, la pérdida del esposo, el abandono de las comodidades por la vida a la intemperie, los retazos de un corazón templado bajo el fuego de los sacrificios le fue entregada a un orgulloso hijo de esta patria: el escultor Alberto Lescay. No se hacía fácil captar en una escultura la esencia de una mujer como Mariana.

De material el bronce. De sitial la tierra amada de su finca Majaguabo, en San Luis. De su figura solo bastaba evocar su rostro, severo y templado, taciturno y regio, la muda convicción de continuar hasta la muerte con el destino escogido.

Hoy Santa Ifigenia se engalana con una línea de frente, un espacio hermoso en lo físico y lo simbólico. Se dan cita en su residencia eterna los más grandes artífices de esta patria. Y ahí nuestra Madre, nuestra Mariana, habrá de morar para la eternidad con la herencia de su idílica promesa: “Liberar la patria o morir por ella”.

 

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