Del pájaro al vuelo. A propósito del 120 aniversario del natalicio de Wifredo Lam (1902-1982)
El pájaro constituye referente iconográfico recurrente en la obra del artista cubano Wifredo Lam. Sin embargo, el concepto que rige toda pieza relativa a ese símbolo no es la imagen del ave sino su espíritu, el aliento del vuelo.
8 de diciembre de 2022
“El pájaro que me ha hecho y me ha animado y que soy yo mismo que corre detrás de algo a encontrar (…) amigos, gente que tienen la misma idea que yo y cuando yo encuentro esta gente que tienen la misma idea que yo esta persona me daba una gran alegría, parece que uno confirma, que uno existe en la tierra y que consume el tiempo en algo que tiene una realidad concreta…”
Wifredo Lam
“Hemos echado a volar el pájaro (…) para que siga como el mismo dijo, estoy en el aire, estoy como buscando algo, estoy con todos los cubanos, con todos los caribeños y con toda la gente del mundo sensible”
Alberto Lescay Merencio (Entrevista televisiva en la inauguración del Monumento a Lam el 29 de marzo del 2009)
“Mi propósito al concebir esta escultura fue hacerlo feliz a su regreso a la tierra”
Alberto Lescay Merencio
El pájaro constituye referente iconográfico recurrente en la obra del artista cubano Wifredo Lam. Sin embargo, el concepto que rige toda pieza relativa a ese símbolo no es la imagen del ave sino su espíritu, el aliento del vuelo. Captar esa esencia de su plástica es como intentar comprender el alma de ciertas cosas que también nos identifican como caribeños: la libertad en su sentido más amplio. El despliegue de las alas es un concepto universal de independencia y por qué no de conocimiento del mundo. Un mundo al cual Lam nunca le fue ajeno pero que solo revalidó en su jungla cubana o mejor, siguiendo las palabras de Pierre Mabille, en la manigua.
Vuelo (2004), es el primer homenaje que realizó el artista Alberto Lescay Merencio a Wifredo Lam y la primera obra a gran escala dedicada a dicho artista en Cuba, antesala de Vuelo Lam del 2009. Erigida en la plaza Lam de la Universidad de Ciencias Informáticas (UCI) en la Habana, la obra de 6 metros de altura es de las pocas realizadas en acero por Lescay. La imagen de un pájaro en pleno vuelo, rasante y fugas, se alza sobre una figura esférica que nace del suelo como si sobrevolara el planeta tierra o la luna llena. El espectáculo lo completan las incrustaciones de piedras semipreciosas procedentes del santuario de El Cobre como alegato de regocijo por nuestra herencia cultural o “como elementos metafóricos que aluden a cargas rituales, ofrendas o catalizadores” (Rodríguez, 2014).
Un quinquenio más tarde volvemos al espíritu creador de Wifredo Lam en Vuelo Lam (2009), de 7 metros de alto. El interés colectivo por tener un sitio único que estuviese a la altura de tal referente de la plástica caribeña impulsó la idea de recaudar fondos para la concreción del proyecto escultórico. Se convocaron artistas que fueran admiradores y amigos de Lam para que donaran obras de su autoría. Alrededor de 44 importantes creadores concedieron 51 obras para tamaña empresa. Alberto Lescay cedió además sus derechos de autor y el Ing. Fernando Yero los de realización de la escultura. Con esa acción la Fundación Caguayo conformó una colección de arte cubano, la cual se comercializó a través de Caguayo S.A y así se consiguió una suma de 50.000 dólares para financiar el proyecto. Emplazada en un capitalino parque del Vedado, la obra fundida en bronce por el taller de Caguayo, se inauguró en el marco de la X Bienal de la Habana. Constituyó una ocasión especial para el arte cubano al desarrollarse in situ un espectáculo artístico. La ópera prima del tema Vuelo, realizado especialmente para la ocasión por Alberto Lescay Castellanos y la interpretación de la obra coreográfica “Dúo a Lam” del otrora Premio Nacional de Danza Eduardo Rivero WalKer quien la estrenara frente al pintor cuando aún ejercía como bailarín, fueron el colofón de la inauguración. Luego de 27 años del fallecimiento del más universal de los pintores cubanos se alcanzó, a manos del maestro Lescay, un merecido homenaje.
En este hombre desnudo transmutado en pájaro se aprecia un enlace o herencia lamiana que es como hablar de una herencia caribeña, la del mestizaje étnico y cultural. Pudo Lescay rescatar otros elementos referentes a la plástica de Lam como las conexiones existentes entre “mujer caballo” y el icono constante de las “caballas” medulares en su obra o las caras de luna, muestra de los sueños en el artista de la Jungla y que en la pintura de Lescay se alienan a la media luna, única, irrepetible y propia de la vida espiritual del artista. Empero prefirió captar la esencia de aquello que rige la obra artística de Lam, lo que llamaríamos el elan vital: su vuelo. Un elemento que, con otras características, también estuvo palpable en la plástica de Lescay desde la década de los 80, cuando se acercó de manera consciente y crítica a la herencia afrocaribeña y al vodú. Ese vuelo en palabras del poeta Desquirón Oliva viaja “de África a un espacio otro” (Caribe).
La escultura es raigalmente expresionista sin rémoras a caer en matices metodológicos de carácter académico. La técnica a la arena posibilitó esa riqueza en cuanto a texturas y matices expresivos que muestran el alcance del oficio logrado por el artista. El bronce parece vibrar y armoniza con el espacio urbano. En la imponente obra que alza sus alas en viaje rasante encontramos el signo palpitante de los pájaros de Lam. Esos que salían de cualquier escondite en fuga voraz o que posaban estéticamente tratados como símbolo. Aquellos que habitaban en su cabeza y que eran parte de sí mismo, como fue capaz de expresar. La pieza de Alberto Lescay se inserta dentro de una línea escultórica ya reconocida en Cuba, la que aboga por un arte de vanguardia, una renovación formal-conceptual de la obra escultórica conmemorativa con el fin de romper con la concepción tradicional y convencional del monumento (Pereira, 2010).
Pero la obra también aborda la virilidad, sensualidad y pansexualidad tácita en el mundo natural y animal de los dos artistas. De ahí que no sea de extrañar que el vuelo lleve por corona la cabeza: la de Lam o la de sus eleguas, no importa la parte sino el todo. El conjunto se yergue desde el centro de la tierra, recibiendo la armonía de los árboles que lo rodean como ave que vuela ágilmente y al mismo tiempo es admirada por todos. Ese es el espíritu que caracterizó a Lam, el vuelo lo hizo universal pero nunca dejó de anclar sus pies al suelo que lo vio nacer. Por eso su manigua se convierte en selva y su pájaro en vuelo.
A 13 años de su emplazamiento, en la obra se resalta un aspecto a través del cual se expresan los aportes reconocidos en una parte significativa de la producción monumental en Cuba y que “radica en el nivel de relaciones que establece la obra conmemorativa con el sistema de valores culturales de su tiempo” (Pereira, 2010). Por eso no es de extrañar que fuese el pintor santiaguero, heredero de la savia lamiana desde su pertenencia al Grupo Antillano hasta hoy, quien descifrara tales símbolos. La investigadora Mariela Rodríguez Joa acierta al declarar que “cuando un hombre erige un monumento, construye su propia historia”, precisamente eso es lo que nos ha legado Lescay, dos mundos y una leyenda en bronce.
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